EN FIESTAS
Rocío Hernández Triano
Cuando me di cuenta de que lo estábamos haciendo debajo del cuadro de El Sagrado Corazón, ya era demasiado tarde. Ya nos habíamos desnudado, ya tenías endurecido los pezones, ya me atraías hacia ti con tus piedras colosales. Jesús era un muchacho rubio de barbita incipiente que nos saludaba desde el cuadro con la rigidez de sus dedos.
Yo te avisé de que en aquella casa sólo estaban ya la cama de mi abuela, un arcón con papelotes, las bombillas y algunos cuadros. Pero tú- no te recordaba tan tajante- me dijiste que en aquel pueblo de mierda ya no quedaban hoteles.
- Sería como follar en una iglesia- te avisé.
Pero me la habías puesto tan dura y estabas tan decidida que era ya imposible no acabar con esa deuda que se nos quedó pendiente.
- Son veinte o más los años que no apareces por aquí- me recordaste mientras nos tomábamos la ginebra- y ahora se te ocurre venir con el pueblo en fiestas a vender la casa de tu abuela.
Empezaste tú, mordiéndome el cuello mientras yo intentaba abrir la puerta. Luego, dentro, todo ocurrió rápido y sin preámbulos. No recordaba tus tetas tan grandes, ni tu lengua, que se enredaba por todas partes. Los ojos felinos sí eran los mismos.
Buscamos la cama a trompicones. Tú acabaste antes, con un grito alegre, que hizo eco allá en el patio. Antes de que yo eyaculara tuviste la precaución de darle a la perilla de la luz, para que Jesucristo no me viera verter aquello sobre tus muslos.
Apenas unos minutos después- ya te levantabas- me anunciaste que te habías casado y que tu marido te estaría esperando en aquella plaza en fiestas.
Al cerrar la puerta todo me pareció quedar sepultado en una oscuridad húmeda. En la casa vacía, todos los sonidos eran repetidos y lúgubres. Tuve algo de miedo y solo se me ocurrió rezar un Padrenuestro. Me temblaron algunos versos. Hacía también muchos años que no rezaba.