la niña que sabía volar
LA NIÑA
En mi calle han desaparecido las carnicerías; han sido suplantadas por tiendas regentadas por chinos, en las que te venden cualquier cosa. En una de ellas se cría la niña.
No dejo de considerar como un suceso mágico que cada vez que veo a la niña ésta parece tener un halo de irrealidad. Pero aquella mañana de junio, tan brillante, la niña parecía formar parte de un sueño. Era una niña de miniatura que sale corriendo de la tienda y casi tropieza conmigo. A través de la puerta me abofetea es mezcla de olor picante que sale de la tienda. Olor a plástico y a salsa de soja.
La niña lleva un vestido con flores azuladas y el pelo, tan negro, recogido en dos coletas altas. Se paró en la acera y comenzó a dar vueltas y vueltas, con los brazos en aspas, mientras cantaba una canción en su idioma.
Aquella niña era una flor flotando en el vaho de calor de la acera soleada, un copo de algodón volando en la calima. Se elevaba en cada vuelta, ajena a quienes pasaban por su lado, ajena a aquella calle, a aquella acera, a aquel barrio en el que había venido a parar, a aquel mundo al que nunca pertenecería. Los transeúntes se apartaban, por no interrumpir su aleteo blanco. Parecía un árbol de marzo, salpicado de pétalos pequeños.
De repente paró. Quedo frente a mi y nos miramos. Ella sonreía. Salió corriendo calle arriba y yo me quedé mirando aquel escaparate en el que apenas segundos antes podía verla reflejada. Me quedé mirando las maletas enormes y feas. Maletas para no viajar.
Fue entonces cuando me di cuenta de que ya no viajábamos nunca.





Fernando dijo
Precioso ,Rocio
6 Marzo 2008 | 08:21 PM