PIDO LA PELOTA Y LA PALABRA

Cuando el profesor Coriza advirtió que era un despropósito que los niños recitaran a Blas de Otero con una pelota de ping pong en la boca, para celebrar el día de la paz, nadie quiso hacerle caso.

- Los alumnos, si no se les proponen burradas no se motivan- dijo el pedagogo Juárez.

- Tiene toda la razón Juárez, a mi taller de tartas y entretelas, que es pacífico, nadie se apunta- lloriqueó Adelita.

- No te apures, mujer- dijo Nines Solidaria- tú eres puro tesón.

El director Náñez dio uno de sus soplidos de búfalo cuando se irritaba. Después de tres horas de reunión, aquel bufido zanjó toda cuestión y el profesor Coriza, con más aprensión si cabe, tuvo que desistir de convencer a ninguno de sus compañeros.

El día de la celebración, el alumno modelo, el que más rápido leía, Pedrito Roquetas, se había peinado con raya y se había puesto camisa de hombre. Era el tercero en aquel concurso de Pido la pelota y la palabra. Primero leyó una niña oronda, pero escupió la bola antes de acabar la primera estrofa. Luego leyó el empollón de 2ºB, pero tan despacio que deshilachó el poema y dejó la punta de sus zapatos en un charquito de su propia baba.

El profesor Coriza se sentó en la primera fila justo cuando Pedrito Roquetas subió al escenario improvisado. Miró con asco la pelota babeada, entornó los ojos y se la metió en la boca. Entonó el poema y lo leyó sin deformar apenas los sonidos, moviendo la pelotita de un lado para el otro de la boca, como si fuera un caramelo de los gordos.

Acabó el poema, rojo como un salmonete del esfuerzo y tuvo que escupir varias veces con asco hasta recuperar la compostura.

- ¿ Lo he leído bien, profesor? ¿ y rápido?

Coriza asentía espantado.

Lo peor llegó la semana siguiente. En el claustro de profesores, dado el éxito enorme de tan singular concurso y siguiendo un plan de mejoras que tenía como principal línea de actuación la imitación de aquellos modelos que hubiesen sido positivos en cualquier miembro de la comunidad educativa, el pedagogo Juárez propuso hacer ese mismo experimento entre los profesores, pero esta vez con un texto de Juan de Mairena y en vez de una pelota de ping pong se introduciría en la boca, una de tenis. La velocidad lectora no se contemplaría, para respetar los ritmos vitales de cada miembro de aquel centro.

Esta vez Coriza no quiso decir nada. Un resfriado de garganta lo tenía casi postrado y mudo desde aquel día triunfal para su alumno Roquetas. Coriza no protestó, pero poco tiempo después nos contaba que tuvo un a verdadero ataque de pánico al imaginar a Doña Adelita, todo tesón, desencajando la mandíbula como una boa para amplificar las voces y los ecos del pobre Antonio Machado.