HE VENIDO A QUEDARME

Lo encontró afeitándose en el lavabo del cuarto de baño. Un ruido sordo, como el que se hace al pasar las hojas de un libro, le había hecho levantarse de la cama. Sintió el escalofrío de la madrugada en el pasillo. La luz del baño guió sus pasos.

- ¿Eres Tony?- le preguntó a aquel hombre en el mismo instante en que estiraba la piel del bigote para no cortarse. Una gota de agua negra caía desde la barbilla hasta el charco del lavabo.

- Coño, Pedrito, ¿ qué haces tú aquí? – preguntó con alegría. Soltó la maquinilla y lo abrazó. Pedro sintió en el cuello la humedad de la cara.

- Estoy limpio, tío, y he venido a quedarme.

Lamentó entonces haber salido de la cama sin zapatillas. Las losas del suelo dibujaban rombos.

- No habéis cambiado ni un mueble desde que murió la vieja. Esto huele a rancio.

Entonces se rió. Faltaban muchos dientes. Pedro reconoció en el perfil anguloso de su hermano su propio perfil.

-¿ Y tú que haces aquí? ¿ Y la Mónica? – preguntó Tony.

- Con el niño en casa, nos hemos separado. Es una historia muy larga.

Pedro entonces decidió ir al cuarto a por las zapatillas y preparó café. Sobre el sofá del salón Tony había dejado una bolsa de deporte y dos bolsas de un supermercado que ya no existía.

- El equipaje- dijo.

Volvió a abrazarlo. Esta vez Pedro le acarició la espalda, notando las últimas costillas.

- Viviremos los dos aquí, Pedrito, como cuando éramos chicos.

Pedro le ofreció café.

- Yo ahora estoy limpio- le siguió diciendo- espero que no vuelva a aparecer.

- ¿ Quién? – preguntó Pedro.

- Willy.

- ¿ Quién es Willy?

- Una mala bestia, un hijo de la gran puta Pedrito, que se me mete por dentro.

Tony le dio un sorbo al café. Su cara, rasurada la barba de mucho días, era un mapa de pequeños cortes bermejos. Pedro volvió a estremecerse.

- Voy a por una manta- dijo su hermano.