DESCONOCIDOS

Durante veinticinco años , Paco Morales y su amigo Alfonso mantuvieron el rito irremplazable de desayunar juntos la mañana del domingo.

Paco era soltero por costumbre y Alfonso viudo y sin hijos desde el año 82. Todos pensábamos que esa ausencia de un cuerpo en sus camas era lo que más les unía, aunque entre ellos nunca hablaron de la soledad ni de otras intimidades. Paco era lo suficientemente pudoroso como para no contar historias personales inquietantes y Alfonso siempre fue lo justo de educado como para no hurgar en heridas que no le pertenecían. Aparte del celibato, el gusto por el café sin leche y el asombro de los días cálidos en esta ciudad en la que siempre hacía frío, apenas tenían nada en común. Paco era de derechas, niño bien de una familia venida a menos que nunca tuvo que trabajar demasiado para vivir en su austera isla de solterón de clase media, pulcro en el vestir, escrupuloso en el trato y aficionado a los toros y al fútbol. Alfonso, sin embargo no seguía nunca las noticias deportivas, votaba al PSOE por un apego desidioso de esos días de estudiante en una carrera que no terminó; siempre fue un currante, primero porque tuvo muy claro salir de un pueblo demasiado pequeño y después porque se enamoró de Julia, que era alta y delicada y gustaba de aficiones y prendas caras que había que pagar con un sobresueldo. Al enviudar nos contó que quiso seguir trabajando, porque ocho horas de ocio diarias en una casa vacía que Julia había dejado desolada tras su muerte acabarían con él. Alfonso siempre recordaba el primer día que le habló a su amigo paco de Julia, ya enterrada hacía unos meses. Paco le contesto:

- Siempre envidié a los hombre enamorados. Tienen en la rememoración del cuerpo

perdido un motivo para seguir soportando las noches vacías. Yo, ya lo sabe, Alfonso, siempre tuve vocación de célibe. No es por una cuestión moral, nada de eso, es por profilaxis física y por supuesto, por profilaxis mental.

Y esa fue la primera vez y la última que volvieron a hablar de sus vidas. Ellos eran colegas, o tertulianos o simplemente charlatanes. Hablaban de todo, de la naturaleza, de la ciudad compartida, de los viajes de Alfonso, de lo que opinaban sobre las mujeres y los jóvenes. No fueron amigos, la amistad requiere de cierta intimidad y de un grado de posesión que nunca tuvieron. No se contaban sus recuerdos, ni lo que les dolía o deseaban, Jamás se reprocharon nada, ni se tocaron o abrazaron, nunca hicieron una broma en la que se incluyeran ellos mismos y nunca dejaron de tratarse de una forma que no fuera de usted. Desconocían sus direcciones respectivas y sus números de teléfono. Alfonso sabía que Paco era jubilado de algo, suponía que de una oficina. Jamás se requirieron datos personales. Bastaba la certeza de que cada domingo, a la hora acordada los dos se encontrarían en la esquina de la plaza de la catedral, entre el revuelo de sempiternos turistas veraniegos. Paco Morales no faltó nunca a la cita, Alfonso alguna vez que otra, porque era propenso a los resfriados. A la semana siguiente Alfonso nos decía cómo su amigo lo estaba esperando, siempre puntual y correcto, con la gorra de visera en la mano y la sonrisa infantil de dientes pequeñitos y ni siquiera le preguntaba por su ausencia:

- EL cafelín nos espera, Alfonso- decía sonriente y arrugaba la calva- ¿leíste la noticia de que la alcaldesa se ha puesto dura con la caca de perro en el casco antiguo?

Fue un doce de junio cuando Paco Morales no llegaba a la esquina de siempre.

Alfonso esperó ya impaciente, porque Paco nunca se retrasaba. Realmente no le indignaba la impuntualidad, ni estaba preocupado porque le hubiera pasado algo, Paco parecía eterno siempre, como parte del decorado dominical de aquella plaza. Lo que realmente le molestaba a Alfonso era imaginar una mañana de domingo sin su presencia.

- Es verdad que cuando notas el peligro de que alguien pueda faltarte- nos contó luego Alfonso- realmente valoras el lugar que eso ocupa en tu vida. Yo en ese momento me di cuenta de que Paco se había convertido en una rutina más y que su apariencia tan bondadosa me producía un sentimiento parecido al cariño.

Aquella mañana esperó casi media hora y decidió buscarlo en al cafetería. Por el camino fue consciente de la situación. Si no volviera a aparecer no podría buscarlo. No sabía su dirección, ni quienes eran sus amigos. Solo conocía su nombre y su primer apellido, pero buscarlo en la agenda telefónica era tarea inútil porque daba por hecho que no tendría contratada ninguna línea telefónica. Solo cabía esperarlo a la mañana siguiente. Igual estaba enfermo o había salido de viaje.

Esa semana Alfonso nos hizo leer con detenimiento la sección local del periódico, por ver si pudiera aparecer alguna noticia catastrófica que le pudiera dar una pista de su destino. Nada de nada. A partir del viernes comenzó a impacientarse, lo imaginó solo y muerto en su piso, amnésico y loco, vagabundo en Madrid o Barcelona, perdido entre los robledales. Lo imaginó también suicidándose de mil maneras horribles; también encarcelado y malherido y cuando el sábado, absolutamente angustiado hizo el itinerario habitual preguntando si alguien lo había visto, la búsqueda no dio frutos. Hubo que consolarlo con algo de alcohol aquella noche. El domingo amaneció lluvioso y paco tampoco aparecía. Alfonso nos avisó de que le había dado definitivamente por perdido.

En las semanas siguientes todos les recomendamos que se concentrara en sus tareas habituales, el trabajo, la compra en el supermercado, la sesión de cine los jueves, la visita a sus hermanos. Durante los dos meses que duró la espera la perplejidad era una sensación incómoda que no dejó de acompañarlo.

- Un hombre adulto- nos decía- crea a lo largo de su vida una serie de relaciones y hábitos que cuando desaparecen deben tener sus consecuencias.

Con esto nos quería decir que alguien lo habría echado de menos. Tendría vecinos o familiares que al notar su ausencia habrían puesto en marcha un sistema de emergencia que tuviera como resultado la localización de este individuo. Siempre hay quien esté dispuesto a enterrar muertos anónimos y cuidar en hospitales enfermos sin familia. No había mucho más que hacer en este caso, ni por tanto, de lo que preocuparse.

Fue el primer domingo de septiembre cuando llegó el paquete. Alfonso siguió yendo puntualmente al mismo café donde siempre desayunaba y ocupaba, ahora ya solo, el mismo velador de mármol. Aquella mañana fresca de septiembre, nada más entrar, Javi, el camarero, le dijo que sobre la mesa una señora mayor que parecía extranjera había dejado ese paquete para él y una carta, que él había colocado encima.

El paquete era una caja de cartón embalada, que ponía encima “de mi querido Paco”; no tenía signos de haber sido enviada ni por correo normal ni por mensajería.

- ¿Cómo dices que era la señora que te ha dado esto? – le preguntó al camarero

- Pues...mayor ya, de unos sesenta años, alta y muy morena, con tetas grandes y un acento como de cubana o mexicana.

Alfonso abrió el paquete. Envuelto en papel de seda estaba la gorra de visera de Paco Morales, verde y desvaída y con olor a cartón sudado. Alfonso reprimió un suspiro y se le agolparon lágrimas. Al momento abrió el sobre y leyó:

No sé escribir muy bien, las faltas me las corrige un nieto mío que va para médico. Le escribo esta carta para decirle que soy Adela Carranza, la primera mujer y la única de su amigo Paco Morales, ese bendito de mi vida, mi enamorado, mis dos meses más felices. Era como un santo y se murió raro. Ya vino malo desde que se bajó del barco, donde tuvimos nuestras primeras noches, yo le dije de quedarse en mi casa, pero él me invitó al hotel de lujo que venía incluido en el concurso que ganó, coleccionando no se qué chisme. Fue vernos y enamorarnos, aunque fui yo la que lo embrujé con mi melena. Le dije que era Salomé y el pobre acabó creyéndolo. Murió muy raro, tropezó y se dio contra una farola y ahí nomás empezó a decir disparates y aquella noche le subió la fiebre y ya no se pudo hacer nada. Dios, mío, quién me mandó a prometerle en la agonía a este viejo cobarde que iba a cruzarme el Atlántico para traerle la gorrita. Pero me lo pidió de una forma tan educada que yo no pude negarme. No se preocupe, lo enterré como se merecía y le di en el barco las noches más reventonas. Un saludo y cuídese. No me busque, aprovecho el viaje para ver a unos parientes”

Desde entonces Alfonso desayuna en el mismo velador con la gorra de visera de su amigo. A veces no sabe si aquella Adela Carranza habrá sido una puta, una mujer decente o una invención, pero le consuela pensar que su amigo murió de negligencia en un hotelucho de la costa caribeña, no sin antes haber puesto un remedio otoñal y bobalicón a su vida de celibato y modorra.