tienen que venir a recoger mi cadáver

TIENEN QUE VENIR A RECOGER MI CADÁVER
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l hombre soñó una fecha. El sueño solo ocurrió una vez. Sin imágenes, una espesura negra y al fondo una voz de hombre, con acento de su tierra que decía: once de noviembre. Del sueño se despertó con angustia. Encendió la lámpara y fue consciente de que en el cuarto ya no había nadie. Se dio cuenta entonces de que noviembre era el mes de los muertos. Pensó con angustia que su corazón no podría soportar otra pérdida. Se tomó el pulso en las sienes, casi cien pulsaciones. Pensó en no levantarse. Pensó en no levantarse más.
El hombre vivió angustiado los dos meses y un día que quedaban para esa fecha. En el metro sufría vértigos y a cada instante oía la voz del paisano que nombraba aquella fecha. No comentó esto con nadie Temió que lo tomaran por más loco aún.
El hombre barajó las posibilidades. No se le ocurrió pensar en que podía ser un anuncio venturoso. Se preparó para cosas fatídicas. Se prometió a si mismo que no cogería el coche aquel día, que no levantaría el auricular del teléfono, ni saldría a la calle, ni se levantaría siquiera de la cama.
El hombre hizo testamento y dejó atados algunos cabos de su vida. Dejó su herencia a un pariente difuso. Ya no había nadie más directo. Fue un trámite rápido. No tenía muchas cuentas pendientes.
El hombre hizo cosas que nunca había hecho. Pagó para ello. Se dedicó placeres imaginables sin haber soñado esa fecha. Se le encogía el corazón de saber que la vida se mueve por la curiosidad y la inercia.
Llegó el día de la fecha soñada. Sonó el despertador pero el hombre no se levantó, ni se puso nervioso, ni hizo nada por escaparse. Abandonar la lucha es a veces dulce. La derrota no supone sacrificios. Imaginó cómo llegaría su muerte. En la habitación no había objetos cortantes o peligrosos. La muerte vendría de dentro. Sólo tenía que esperar un poco. Mientras tanto no quiso recordar nada. Lo doloroso era doloroso y lo feliz era lejano y perdido. Con los ojos cerrados perdió la noción del tiempo. Sonó el teléfono.
— ¿Sr. Vidal?
— Sí, dígame.
— Llamo desde el hospital, su hermano ha tenido un accidente, su hermano ha muerto.
— Yo no tengo hermanos.
— Pero...., ¿quién es Francisco Vidal?
— Soy yo.
— ¿Cómo usted? Ha llegado un hombre al hospital con un amago de infarto, se le ha atendido, tenemos su documentación. La chica que venía con él nos ha dicho que avisáramos a su hermano, que se llamaba Francisco Vidal y nos ha facilitado este teléfono.
— Francisco Vidal soy yo. Yo soy el muerto, he soñado con esta fecha.
— No diga estupideces.
— Lo que no sé es lo que van a hacer con el cadáver. Yo quiero que me entierren a mí, yo no quiero quedarme insepulto. Por cierto, ¿quién es la chica?
— Yo qué sé, yo no entiendo nada. Oiga...., como broma no tiene gracia.
— Le repito que el muerto soy yo. Tienen que venir a recoger mi cadáver.
una chica de marte dijo
Ya me gustó mucho en el certámen de relatos tercer tiempo y me ha gustado ahora. Enhorabuena por tu relato y por tu blog.
un beso
3 Enero 2008 | 12:26 AM