No dormirás esa noche. Mirarás el reloj cada segundo de cada minuto de las seis horas antes de que acabe todo. No buscarás bajo las sábanas frías el cuerpo mil veces recorrido con las manos o con los ojos, ese bulto oscuro que destrozarías de un golpe si supieras luego qué hacer con la carne muerta. Lo oirás respirar, dormido, ajeno a tu propia angustia, a tus ojos calientes, a tu cuerpo que se agita en un llanto que él ignora para no complica aún más las cosas.
En toda esa noche interminable no irás al baño, porque te parece que en aquella casa que no es tuya, aquel cuarto de baño lleno de cosas de mujer que no son tuyas, de azulejitos celestes, como en una piscina seca, se pondrá con demasiadas aristas que te arañarán y acabarás mareada, tal es tu fatiga.
Algunas veces te incorporarás para beber agua y lo mirarás dormir, vuelto el rostro pequeño. Y a pesar de tu odio, de que lo matarías, lo querrás besar, pegarte a sus labios, unirte a su pecho y allí ser eterna.
Recordarás la conversación que nunca termina. Lo verás como aquella misma tarde sentado en un sofá que compró para otra antes que tú, esperándote, hundido como un náufrago reciente que ha tirado el lastre de todo aquello que habéis vivido juntos, de los espejismos compartidos. Te invitará a sentarte. Tú te quitarás los zapatos, como siempre, y te dirá lo que estás temiendo desde hace meses o quizá desde que empezó todo:
—Es mejor que lo dejemos.
Tú escucharás su angustia. Dibujarás en tu mente aquella mujer fantasma que pulula por la casa, por su recuerdo y por tu dolor. Tendrás que oír la enumeración lenta de tus virtudes, que a pesar de su luz no han de servirte ni para salvarlo ni para salvarte. Buscarás su consuelo, le darás el tuyo. Él te prometerá que dice la verdad cuando dice que todo fue perfecto, pero que aún la sigue queriendo a ella. Tú le harás prometer, como premio de consolación, que recordará los momentos bonitos, a pesar del olvido o los estragos del tiempo. Luego ya no podrá mirarte a los ojos para decirte que es mejor que te vayas.
Y será en ese momento cuando no te asista el alma. Cometerás con tu corazón más violento la imprudencia de decirle que no te deje, que sea esa vuestra última noche, que te siga arrendando un hueco en su cama, aunque mañana te vayas, pero que hoy es ya muy tarde y hace frío. Llorarás para conseguirlo, te agarrarás a él, lo mirarás desquiciada y loca. Él no discute, está cansado. Se prepara la cena y te dice que hagas lo que quieras, que en la nevera hay comida, que él ya se acuesta, que él ya está metido en la cama y acurrucado en sí mismo, durmiéndose o haciéndose el dormido.
Tú no comerás nada, no puedes comer nada. Tendrás la prudencia de llevarte somníferos sin saber aún que no van a hacerte efecto. Los tragas, te tumbas a su lado, intentas abrazarlo, pero su cuerpo es un ladrillo duro que no acoge el abrazo. Te volverás para el otro lado y llorarás con sonoridad, para que él te escuche. Pero pasará toda la noche impasible.
- Olga, por tu madre, yo necesito dormir.
Esas serán sus últimas palabras de la noche.
Tu querrás gritar, decirle que le quieres, que estas dispuesta a ser cualquier cosa con tal de estar a su lado, su chófer, su amante, su amiga inseparable. Tú querrás preguntarle que vas a hacer ahora con ese amor que te ha dejado intacto, dónde vas a meterlo, cómo sobrevivir a ese rugido de leones que te quedará en la garganta. Y tu querrás decirle cualquiera de los insultos que se te van ocurriendo. Pero sobre todo querrás que todo sea un mal sueño.
No harás nada, sin embargo. Sólo llorar en silencio e irte vaciando en esas seis horas hasta que toque el despertador y os vayáis cada uno al trabajo en coches distintos. Te vaciarás poco a poco, como si te hubieran colgado boca abajo y te desangrarás por una herida muy fina. Pensará que eso que empieza a pasarte, esa sensación de muñeco de trapo, puede tener el nombre de depresión o de muerte.
Cuando toque el despertador él se levantará de un golpe. No dirá nada. Lo oirás ducharse y prepararse un café en la cocina. Tú rezarás a un dios impreciso para que te diga algo antes de que salga a la calle esa mañana hundida y tú te quedes allí, en una casa extraña y tengas que llevarte las chucherías inútiles que has ido dejando en aquellos meses de un amor generoso y que compiten por el espacio con las cosas que una vida con ella olvidó en aquel lugar.
Pero él terminará entrando en el cuarto donde la noche ha espesado tanto que tu dolor se podría cortar con un cuchillo. Te buscará el rostro, te hará la misma caricia que se le haría a un perro o a un niño, en una búsqueda de complicidad. El contacto de su piel derramará tus lágrimas.
- Me tengo que ir- te dirá- no tengas prisa por marcharte. Llévate tus cosas, que te harán falta. Desaparece unos días, intenta relajarte y por favor, no te quedes en casa llorando, que luego te duele la cabeza. Sal con tus amigos, date caprichos. Cuando estés más serena, ya me llamas y hablamos. A pesar de todo...creo que podemos ser amigos.
- ¿amigos?
- Sí, amigos. Yo....no te quiero, Olga
- Pero....yo no soy un producto. No puedes probarme unos meses y luego devolverme diciendo que ya no lo quieres. Yo no soy un paquete.
- Claro que no, Olga; tú eres ...estupenda, pero yo no te quiero.
- ¿me quisiste alguna vez?
- No le des más vueltas. Mándame a la mierda, diviértete, sé que me lo merezco.
Entonces sí se irá y tú seguirás acostada hasta que das con alguna amiga que pueda conducir tu coche por ti y que venga a recogerte.
En los próximos meses no seguirás ninguno de sus consejos. Arrastrarás tu sombra en el trabajo, pasarás horas llorando en la cama y tomarás pastillas y chocolate, sin poder concentrarte ni en ver la tele. Luego se te pasará un poco. Abrirás la ventana y te molestará la luz, pero pensarás que es luz, al fin y al cabo y que poquito a poco igual es posible tu huida. Una huida que cuesta el dinero, porque no son gratis las peluquerías, los viajes ni las invitaciones a antiguos amigos que hace años que no veías y a posibles polvos de una noche. Una huida de tu dolor, de tu tristeza y de su recuerdo. Una huida en la que cometerás la amarga imprudencia de dedicarle todos los actos impuros con despecho, lo cual es garantía para tenerlo siempre presente.
Pero aún te quedará pendiente el acto más desalmado de todos. Cuando te sientas mejor y su ausencia sea solo una molestia difusa, volverás a llamarlo, le pedirás disculpas, le dirás que lo echas de menos. Y a pesar de que te comerías sus vísceras y la de las mujeres a las que amó y amará y las entrañas también de sus generaciones, le dirás que eres una persona civilizada y que con un poco de orfidal, algo más de paciencia y mucho de sacrificio, llegarás a ser algún día su amiga.